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Al inicio de la Edad Media, mientras más establecidos estuvieron los pueblos germánicos en el imperio romano, más comenzaron a recibir la influencia cristiana. El problema para la prédica cristiana no violenta era ¿cómo podrían los soldados romanos y los guerreros bárbaros pertenecer a esta religión siendo la violencia su estilo de vida? El dilema encontró resolución protegiendo al pueblo y a la obra de Dios de los enemigos, así la violencia también comenzó a hacer parte de ella y un guerrero cristiano luchaba por su rey, por su pueblo, y sabía que lo hacía bien, Dios estaba de su lado. Vemos allí el primer intercambio social y cultural entre formas de vida. Gracias a ese cruce de mensajes, la historia conocería a los que fueron personajes que siguen presentes con su simbolismo en la actualidad: Los caballeros. Es imposible definir a un caballero sin tener en cuenta el caballo y la armadura. Para los antiguos cronistas la palabra caballería se deriva de "cheval", que quiere decir caballo y la utilizaban para describir a aquellos hombres que utilizaban tales herramientas. Durante las batallas en que se disputaron los territorios ocupados por los bárbaros tras la caída del Imperio Romano, el caballo jugó un papel fundamental. Su uso se originó no con fines netamente militares, sino para labores cotidianas. Fue entonces al inicio de estas confrontaciones entre las aldeas originadas en la invasión bárbara, que el caballo se comenzó a utilizar como un arma. Los francos fueron los que mejor adoptaron al caballo como un instrumento de lucha armada, aprovechando las ventajas logísticas a la hora de un combate. Ello lo aprendieron de la habilidad de los árabes con los equinos, después de numerosas confrontaciones en las que los francos triunfaron sólo por la talla de su armamento y su superioridad en número. Fue Carlos Martel, quien pensó en reforzar la presencia de soldados a caballo en el ejército franco, para hacer más efectivo el combate. En la plenitud de la Edad Media, los caballeros fueron también extensión del control de los feudos de los reyes y señores y sus respectivos ejércitos feudales y reales, así el caballero feudal era la protección militar de las tierras otorgadas por sus rey y/o su señor en recompensa a su lealtad. ¿De
qué estaba hecho un caballero? "...mantente alerta, con confianza en Cristo y loable en tu fama." (Frase ritual para prepararse a ser armado caballero, según el poema francés "Orden de Caballería", de antes de 1250.) Entrado
el siglo XII, habían pasado los guerreros bárbaros y ahora vinieron los
jinetes y los señores feudales, cuyo sencillo código de lealtad se había
ampliado y refinado por la influencia de la iglesia y de las damas, y
ellos habían entrado a formar parte de una clase social orgullosa, con
sus características específicas, manifestadas principalmente en
reuniones propias como los torneos, en donde se distinguían entre sí por
sus cotas y sus armas. La simbología había logrado más preponderancia,
gracias al intercambio social y cultural entre clases y costumbres. De esta manera lo testifica la literatura de la época, principalmente, con el Libro de la orden de Caballería escrito por Ramón Lull; nacido en 1235, era hijo de uno de los caballeros que ayudó al rey de Aragón a recuperar Mallorca de manos de los musulmanes; posteriormente, y gracias a una visión divina, se dedicó a tratar de convertir a los musulmanes al cristianismo; después se dedicaría a escribir muchos libros sobre religión y filosofía, al haber fracasado en su misión evangelizadora en 1316; fue él quien escribió el primer tratado de caballería. Ramón Lull entregaba lecciones de caballería a través de una narración, en la que un aprendiz de caballero se interna en un bosque, en el que encuentra a un ermitaño, quien le enseña todo lo que un caballero debe ser y saber. En el libro, Lull relata que los hombres, por su naturaleza pecadora, eran escogidos para ser caballero de a uno entre mil; porque los caballeros eran hombres con una férrea voluntad, diseñada para defender con fiel respaldo "al rey y a la iglesia"; igual mente, debían luchar contra los enemigos que vinieran de afuera y contra los malvados de la propia comunidad; y para esta labor, se mantenían en forma en los torneos, justas y cacerías. Indudablemente, la consagración a la batalla y la honor guerrero de los primeros caballeros había dado un giro hacia una moral permeada por elementos religiosos y sociales dados por el papel de los ejércitos en los sistemas sociales de poder de la época. Según Lull, un verdadero caballero era leal, fuerte, cortés, generoso, franco y creyente; tales características debían estar fundadas desde el aspirante a caballero en su tierna edad y conservarse así hasta la tumba, para poder gozar de los honores valiosos en este mudo y de la dicha eterna en el cielo venidero. Es difícil determinar en qué proporción se distribuía la figuración de las dimensiones espiritual y social del caballero, cuál de las dos era más preponderante. Igual la literatura de la época deja constancia de esta última en El Libro de Caballería de Geoffry de Charny, un caballero francés muerto en 1356 al servicio del rey en una batalla en Poitiers, su libro habla de los beneficios pragmáticos y morales de la lucha armada, refiriéndose a "el gran negocio de la guerra". Esto se constituyó en la primera muestra de la excepción a la regla de la lealtad de forma neta a los principios morales de los caballeros. Con el avance del tiempo, los hombres candidatos para ser ordenados caballeros eran los jóvenes de buena cuna, a quienes se les enseñaba desde sus primeros años el comportamiento y los modales que un caballero debía tener. Las damas, podemos decir que cultivaban lo que deseaban cosechar, pues eran las damas de los castillos las que le enseñaban al joven a ser cortés, agradable, limpio y dispuesto a prestar pequeños servicios a sus mayores, como "semilla" para cultivar el sentido de obediencia y lealtad que los caracterizaría en un futuro; los capellanes de los castillos les enseñaban a rezar, leer y escribir; de los mozos de cuadra y de sus padres, aprendían a montar a caballo y algunos juegos para sembrar habilidades que después los hicieran diestros en el manejo de las armas. Vemos nuevamente la aparición tremendamente fuerte en el papel de la formación de sociedades, finalmente la conducta social iba a cobrar tanta o más importancia que las habilidades militares. Ritualística
y Simbología: Para los estudiosos, escritores, y –obviamente- para los propios caballeros, la caballería era como una religión, el monje era a la iglesia, más concretamente a su monasterio, lo que el caballero era a su orden de caballería; y es en ésta semejanza con la religión en donde la caballería se nutre de símbolos. Dado su carácter viril, la caballería estaba llena de símbolos de estatus, de símbolos de cercanía a la perfección. Cada una de las actuaciones de un caballero estaba llena de significado, incluso desde que se aspiraba a ser armado caballero, todo tenía un significado, todo alrededor de esa intención de ser un caballero en esencia y apariencia. Entre las principales ceremonias que debía tener un caballero estaba la más recordada y la que más importancia revestía: El ritual de ser armado caballero. Así lo narra el poema francés Ordene de Chevalerie (Orden de Caballería), escrito antes de 1250, en una narración en la cual el conde Hugo de Tiberias, famoso cruzado, ha sido capturado por los sarracenos; y en la que el líder musulmán, el gran Saladino le dice que admira tanto a los caballeros que le gustaría convertirse en uno de ellos, pidiéndole a Hugo que lleve a cabo la ceremonia para armarlo caballero, a cambio de su libertad incondicional, a lo que Hugo accede. "Después de arreglar el cabello y la barba de Saladino, Hugo le prepara el baño de cortesía y generosidad, y le explica que el nuevo caballero emerge de él limpio, como un niño recién bautizado que emerge sin rastro de pecado. Luego lleva a Saladino a descansar a un buen lecho, que representa la comodidad y el bienestar del que disfrutará el caballero en el Cielo, si consigue ganárselo por medio de la verdad. Al levantarse, el nuevo caballero es vestido con: -Una túnica blanca, que representa su limpieza; -una capa púrpura que representa su sangre, la que está dispuesto a derramar por Dios y por la iglesia; -calzas marrones, el color de la tierra a la que todos volvemos, para recordarle que hay que estar dispuesto siempre a bien morir. A continuación, Saladino es equipado con: -Un cinturón blanco, que simboliza la pureza; -espuelas de oro, señal de que será tan rápido como un caballo espoleado para obedecer los deseos de Dios; -y por último, la espada, con sus dos filos iguales como la justicia y la lealtad, lista para defender a los oprimidos. Una vez preparado, el nuevo caballero debe ser golpeado en el hombro por el caballero que dirige la ceremonia. Como en ese momento, Hugo considera a Saladino su señor, queda fuera de sus deberes dar ese golpe. Por eso le dice a Saladino las cuatro cosas que un caballero cristiano debe tener presentes: -Nunca consentir la traición y el falso juramento; -debe honrar a todas las damas y ayudarles en la necesidad; -debe oír misa todos los días, si es posible; -debe ayunar los viernes, en memoria de los sufrimientos de Cristo." Los símbolos son parte importante de la consagración de la vida y la obra del caballero a la protección divina, entregándole a Dios un guerrero que defenderá su causa Y que está libre de mancha y de pecado; se puede decir que, luego de la ceremonia, el único defecto que el caballero conservaba era seguir siendo humano. Aún en batalla, trataban con honor y cortesía a los caballeros enemigos, así lo que siguiera fuera todo brutalidad. Era estar más cerca de quienes y de lo que protegían (Su ideal social: El rey), era acercarse más a su ideal en el Cielo. Dios. Por otro lado, y no con menos importancia, estaban las insignias, banderas escudos y armas, nuevos símbolos de estatus; otros con importancia táctica, como los estandartes que distinguían los pelotones de los ejércitos (los de infantería, de los de caballería, por ejemplo, en un elemento de comunicación tomado de los ejércitos de las tierras que son hoy el Medio Oriente, donde se utilizaban desde tiempos bíblicos para anunciar la circulación de la caravana de una tribu.), simbólica (como la cruz para los caballeros cruzados, un símbolo que retrataba su causa),etcétera. Otro ejemplo importante de los elementos comunicacionales que testimonian una época importante en el desarrollo de la táctica militar, muchos signos comunes entre los caballeros eran utilizados en los diagramas de batalla que realizaron los estadistas, estrategas militares, e historiadores de la época, pero para más claridad eran desarrollados en cuadros de convenciones, anexos a dichos diagramas, dado el caso que no fueran de carácter secreto. Entre los símbolos más importantes estaba la participación en los torneos, que entregaba respeto y admiración, dependiendo de los resultados de las justas. Tanto en la participación en los torneos como en las batallas era importante llevar un recuerdo de su dama, para recodar que había un honor que defender ante los ojos de alguien más cercano que un enemigo, para darse importancia y, dado el caso defender la dignidad de la dama. Aún más importante era ser reconocido en los torneos o en los campos de batalla, para lo que se utilizaban las insignias y los escudos, entre otros símbolos, como gritos de guerra, insignias en las puntas de sus lanzas o partes de su ropaje. Un elemento muy común, fue la adaptación de largos ropajes sin mangas que prevenían que los ropajes de hierro adquirieran una temperatura insoportable, y con su color o la colocación de escudos o insignias bordados, se facilitaba el reconocimiento de miembros del mismo bando, el uso de cimeras- emblemas fabricados en materiales livianos que iban en el casco o yelmo-, cumplían esta misma función. Y fue esa mixtura de los caballeros con la religión y la sociedad, hizo que el uso de escudo o emblemas no se limitara a los ejércitos y también fuera tomado por las familias, sobre todo las de tradición guerrera. De
ahí que en los torneos surgieran especialistas en distinguir los escudos
y emblemas unos de otros y prevenir confusiones en la calificación, o
hacer correr la noticia de una victoria o una derrota de un ejército en
particular a través de los heraldos; así surgió la heráldica, que creó
toda una gama de términos para describir los emblemas y los escudos, y
sus contenidos, entre los que se encontraban flores, bestias en diferentes
posiciones, divisiones, lambeles y demás elementos cuya inclusión en los
escudos y emblemas tenía un significado muy propio. Tal vez fue este el
elemento comunicacional que más aportó al misticismo y sublimación a
los caballeros y a la vida pública en la Edad Media. Vale
la pena mencionar que el único aspecto que con certeza justifica la
inclusión de uno u otro símbolo o signo en un escudo o un emblema es el
cambio de cabeza de familia, el cambio en el escudo de uno familia se
determinaba por el heredero, una vez llegara al poder, como fue el caso
del escudo de armas de Inglaterra. La
espiritualidad que rodeaba la vida de los caballeros justificaba la
cantidad de signos y su importancia, refiriéndonos a espiritualidad no sólo
desde el punto de vista religioso, sino desde el punto de vista de las
cosas que a los caballeros les parecían importantes y que, -basados en
esa ansiedad de trascender en la memoria que caracterizó a la época- era
imperativo tener presente y que de alguna manera, los demás lo supieran.
Herencia total del cristianismo y su desarrollo de la imagen como elemento
comunicacional. A
tal punto llega la relación entre la caballería y la religión que la
historia registra el surgimiento de órdenes de caballeros monjes durante
la época de las cruzadas, dedicados a proteger a los peregrinos de los
bandidos, bajo la orden de "Los Caballeros Pobres de Cristo y del
Templo de Salomón" entre los que se destacó el monje San Bernardo,
quien testificó la existencia de ésta orden en su libro "Alabanza
de la Nueva Caballería", describiendo a sus miembros: "No se
recubrirán de oro ni de plata, sino de fe por dentro y de malla por
fuera, para sembrar el terror, y no la avaricia en los corazones de sus
enemigos". El
Escudo y la Espada el camino a seguir . "Mi
fuerza es la de diez hombres, pues soy de corazón puro" (Del
libro "The Idylls of the King", sobre el rey Arturo y sus
caballeros.) Uno
de los pasajes más fascinantes de las historias de Caballeros, y que aún
hoy con todos los años que nos distan de aquella época nos cautiva, es
el de las batallas; nuestra mente no sale del asombro de aquellas
cruentas confrontaciones cuerpo a cuerpo, donde no había momento para
retroceder y el valor y la fuerza se mezclaban con momentos instantáneos
de inteligencia de los caballeros y sus señores. Los
ejércitos del Medioevo estaban constituidos por grandes filas de hombres
armados al mando de sargentos, estos últimos eran elegidos por los señores
y su habilidad para luchar era innegable, el resto del ejercito estaba
armado con grandes jabalinas, eran generalmente campesinos que debían
desarmar la caballería enemiga, pero el corazón del ejército estaba
indudablemente en su caballería por ese poder e imponencia que tenía.
Para esta época la fortaleza de los caballeros era cada vez más
evidente, en nuestros días pocos hombres podrían levantar una espada
medieval sin usar sus dos manos. Los
Caballeros además de luchar cumplían una función de motivación, en los
momentos críticos eran la salvación de los soldados, inmunes a las
flechas contrarias, arrasaban a los hombres enemigos que combatían a pie,
de esta manera, los demás sabían que era el momento justo para terminar
la batalla y vencer, la única forma de detener una tropa de caballería
era con otros caballeros; al final los más ágiles y fuertes eran los
vencedores. El
caballero era un hombre limpio en su vida; después de la batalla se dirigía
a la capilla, se lavaba la sangre de las manos y se ponía a rezar, su
vida era un eterno conflicto consigo mismo y con sus enemigos, situación
que retrata uno de los hitos más sangrientos y dolorosos para la
humanidad, pues hoy la misma iglesia sabe que las cruzadas del Medioevo
fueron bárbaras e inhumanas. Caballería
y Religión: Al Servicio de Dios. "...el
castigo de musulmanes y judíos debía ser el primer acto de la batalla
final que debía culminar en la destrucción del mismísimo príncipe del
mal." (Norman Cohn, En ]Pos del Milenio, Cap.4.) La
Edad Media fue una época llena de misticismo; sobre todo en su parte
alta, durante el furor de la caballería, a partir del siglo X; vivir
tranquilo en aquel entonces era lo mismo que vivir con la certeza de la
salvación del alma. La
Iglesia, y el reconocimiento de ella como autoridad de Dios en la tierra,
se constituía en medio seguro para alcanzar el cielo. Pero ésta no huyó
del todo a la realidad social de la época y aceptó que vivía en un
mundo violento, de ahí que, para facilitar la captación de fieles,
considerara que a veces un cristiano tenía que luchar y matar para evitar
que su gente sufriera daños mayores. Debido a esto, el proteger a la
Iglesia se volvió algo más importante aún que salvar vidas humanas; así,
un conde o un caballero (que son quienes nos ocupan ahora), después de
haber luchado y haber participado en cruentas batallas, podía hacer
"donaciones voluntarias" --tal como aquellas que hoy muchas
sectas cristianas utilizan e incluso la misma Iglesia católica.-, para la
salvación del alma de las torturas del Infierno ( y la historia se repite
con leyes que perdonan al criminal atroz, pero condenan al ladronzuelo de
esquina). Paradójicamente,
las oraciones de la época retratan el amparo divino a la lucha y muerte
de hombres entre sí: "Dirigimos a Ti, señor, nuestras oraciones, y
te pedimos que, con Tu mano derecha, bendigas esta espada con la que Tu
siervo desea ser ceñido; que ella defienda iglesias, viudas, huérfanos,
y a todos Tus siervos del azote pagano, que siembre el terror y el pánico
entre los malvados y que actúe con justicia tanto en el ataque como en la
defensa". Esas
mismas oraciones recuperan los rasgos de tácticas romanas de manipulación
de la información cuando se hablaba de los ejércitos pretorianos
enfrentados a monstruos. Ahora el terror del brazo pagano camina en una línea
delgada hacia el odio y la consecuente aniquilación. El
mensaje detrás de la espada. Procesada,
digerida y modificada por cada cultura y cada época, la comunicación se
reafirma en su valor gracias a su origen y uso que, como dice Karl Jaspers,
convoca y es por eso que se convierte en parte, arte y producto del
cotidiano. Así,
los caballeros usaron los elementos de su vida común para proyectarse en
una sociedad, la imponencia del caballo les valió para hacerse grandes en
una sociedad difícil y la necesidad de entregar su mensaje de lealtad a
Dios y su rey, les hizo apoderarse de elementos comunes a su entorno para
integrarlos a sus mensajes, y no podían más que usar las herramientas
que les estaban dadas en la experiencia, en aquello que también resulta
siendo común y pro eso, muchos elementos comunicativos de la caballería
recogen y reacomodan elementos vistos en fenómenos comunicacionales
anteriores. Y aún hoy esos mismos elementos se retoman, se redefinen con
fines en apariencia diferentes, pero que en esencia están constituidos
por los mismos elementos base. Por
eso, como cada día que tiene su amanecer y su crepúsculo, la comunicación
lleva consigo rasgos comunes que se repiten una y otra y otra vez, como
recordando de su lugar en la formación de sociedades será siempre el
mismo: el de arte, parte y producto. Y porque
se comunican principalmente afectos, la comunicación está tan ligada al
desarrollo del hombre, porque resulta que a ella se debe y al mismo tiempo
la construye y la deja como testigo de su tiempo. A
esta altura no faltará el bien informado que denuncie que la
realidad histórica se apartó a menudo de estos ideales.
Basta leer por ejemplo la historia de las Cruzadas para convencerse
de las atrocidades que cometieron muchos Caballeros. Pero acaso, no
sucedió así siempre en este mundo? Que más alejado de los ideales
religiosos que el fanatismo, las torturas de la Inquisición o los manejos
del Banco Ambrosiano? Esas cosas están ahí, son hechos y si queremos
la verdad no podemos ignorarlos. De
cosas aun más escandalosas
para las mentes pusilánimes deberemos hablar hoy si en realidad
queremos conocer en alguna medida cual es la realidad de la Caballería.
Mi único afán es acercarme a la verdad y no complacer a quienes están
cegados por dogmas absurdos.
Para
hacer muy claramente comprensible el sentido último del tema que
trataremos hoy es imprescindible tratar aquí un asunto de importancia
capital (y al que el mundo desacralizado de hoy contempla con
desdén como si tan solo fuera una quimera propia de mentes confundidas).
Ese asunto es la naturaleza esencial de la caballería
espiritual del medioevo (y de siempre) respecto de la cual reina hoy
tanto desconocimiento como incomprensión. Para
poner en claro esto procedamos contrario sensu planteando algunas
preguntas cuya respuesta merece ser conocida por todos: Cual
es la razón para que el rey Francisco I exigiera
de Bayardo que lo armara caballero? Por cual motivo
Isabel I de Inglaterra se hizo armar caballera el día mismo de su
coronación? Como es que el Papa Inocencio III en una bula se
jactaba no de ser Pontífice sino de ser Caballero
Templario? Por que Philippe le Bel, rey de Francia, se quejaba en
una carta a su pariente y protegido el Papa Clemente V, deplorando
que ni el ni su sobrino habían sido recibidos como Caballeros
Templarios? Cual es la misteriosa razón tras el dicho
tradicional "Más vale ser Caballero que príncipe hijo de rey o rey
mismo"? Todas
estas preguntas tienen una sola y taxativa respuesta:
la
Caballería Tradicional supone una Iniciación, entendiendo
por esto la transmisión de una influencia espiritual que permitirá
a quien es digno y calificado para recibirla la realización
de grandes hechos en lo externo y en lo interior pero que nada
cambiará en quien es indigno de ser Caballero! Por
ello será conveniente y deseable referirse a la Caballería
Espiritual o, mejor aún, Iniciática para distinguirla del que solo
practica la guerra y el combate o bien con quienes usurpan el título
de Caballero sin derecho a ello. Lo
dicho basta para comprender dos puntos fundamentales. El
primero es el abismo de diferencia que existe entre el esoterismo iniciático
y el simple exoterismo religioso pues hasta un Papa se ufanaba no
de ser pontífice sino de pertenecer al Temple como Caballero. El
segundo punto es la tremenda importancia de lo que impulsaba a
muchos poderosos y espíritus ilustres a pertenecer a la Caballería.
Recordemos el caso de Dante Alighieri, Bocaccio y los "Fedeli d'Amore"
.
Está claro que
el mundo de hoy ha olvidado todo al respecto del sentido y misión Iniciáticos
de la Caballería y prueba de ello es que aquí y allí surgen nuevas órdenes
que pretenden ser honoríficas y no pasan de carnavalescas, dado que no
poseen ni raices en el pasado ni filiación iniciática alguna. En
algunos casos pretenden reducir lo iniciático a lo meramente religioso y
exotérico. Desde luego esto es una prueba de la formidable
ignorancia respecto de la Tradición Iniciática en que vive ese tipo de
personas. La parodia es su refugio pues no pueden comprender ni
alcanzar a lo verdaderamente trascendente. Naturalmente
no se trata de revisar aquí las narraciones y
leyendas del ciclo arturiano y posteriores pues ello demandaría
mucho tiempo y daría poco fruto. En rigor no conviene basarse para
el estudio del tema en las novelas de caballería, salvo de manera
accesoria. De hecho estas son obras de fantasía y en su mayor
parte escritos por autores que no eran caballeros. De concederles
demasiado crédito terminaríamos como Don Quijote con el seso
sorbido por pasar las noches de claro en claro y los días
de turbio en turbio... Lo
verdaderamente importante a partir de lo dicho es citar en nuestro
apoyo las opiniones de diversos tratadistas del tema.
Históricamente es Victor Michelet quien primero destacó en forma explícita
el carácter iniciático de la Caballería. Maurice Keen, profesor en
Oxford que ha dedicado un documentado libro al tema, parte de una óptica
puramente místico-religiosa (es decir exotérica) pero sus propias
afirmaciones refuerzan nuestro punto de vista. Helas aquí:"Estos
relatos demuestran lo conciente que era la caballería a finales de la
Edad Media, de poseer lo que yo he llamado
su propia continuidad apostólica, e ilustran su confianza en su propia e
independiente ética seglar (es decir laica)".
Resulta muy
importante citar este texto para dejar en claro que en realidad lo
que Keen percibe sin comprender en la Caballería
es la existencia del indispensable linaje iniciático y, en segundo lugar,
la ya apuntada independencia de la Caballería de toda característica
del tipo religioso corriente. Esto puede sorprender a quienes hayan leído
de como se velaban las armas y se armaba caballeros en las
iglesias pero, en rigor, esto solo era recurso conveniente para que
el nuevo caballero recibiera su ordenamiento con adecuados recogimiento y
paz de espíritu.
Apuntemos de
paso que León
Gautier, gran historiador francés del tema, incurre en el mismo
error de óptica pues consideraba a la Caballería como el
octavo sacramento de la Iglesia medieval. En realidad una
iniciación está y estar por siempre muy por arriba de
cualquier sacramento habido y por haber, dado que lo sacramental es cosa
propia de lo meramente religioso, perteneciendo así a un orden inferior
de cosas. Si bien la Iglesia luchó por desempeñar el papel de otorgadora
de la orden de caballería casi siempre era un Caballero laico quien
la otorgaba a un aspirante y esto era naturalmente lo correcto para
mantener el linaje o filiación iniciático. Un Caballero podía armar a
un aspirante en cualquier lugar y momento y de ninguna manera se
requería iglesia o fraile para la ordenación o recepción de armas
del nuevo Caballero. Pero
antes de dar más detalles sobre esto y el asociado concepto del
"honor compartido" bueno será que, por una cuestión de orden,
entremos en materia hablando del sentido y contenido de la Caballería,
más allá de los aspectos triviales de ética, valor,
destreza y cortesía que todos conocen Ante
todo dejemos que los textos hablen. Emocionan especialmente las palabras
de Juan I de Portugal a sus caballeros viejos y nuevos pues
acababa de conceder la caballería a sesenta escuderos portugueses e
ingleses. Esto fue en 1358 y estaban presentes los Caballeros Templarios
bajo su nuevo nombre de Orden del Cristo de Portugal, concedido por el
anterior rey Dionís. Recordemos que la Orden del Temple había sido
destruida y disuelta en 1312 por la infamia del Papa Clemente V y
del rey de Francia Philippe le Bel.
Así
habló el rey Juan I en vísperas de las batalla en que batieron a los
castellanos, según narra Froissart: "Mis buenos señores: esta orden
de caballería es tan grande y tan noble que el que es
caballero no debería ocuparse de cosa alguna que sea
baja , vil o cobarde, sino que deberéis ser tan fuertes y
orgullosos como el león cuando persigue a su presa. Y,
por lo tanto, es mi deseo que en este día demostreis tanto valor como
siempre acostumbráis. Esta es la razón de que os haya puesto a la
vanguardia en la batalla, para que podáis ganar honor; de otro
modo vuestras espuelas no estarán bien puestas en vuestros
talones". Aclaremos que el colocar espuelas era antaño parte del
ritual de iniciación en la Caballería. Volveremos
luego sobre este punto importante.
Sin embargo
y de lo anterior podría surgir la idea errónea de que bastaría el valor
y destreza en combate para ser un perfecto caballero. No es así sin
embargo pues los compromisos éticos del Caballero eran mucho más severos
y exigentes. Ello surge del ritual mismo de iniciación
del cual el célebre Ramón Llull (o Raimundo Lulio) nos
ha legado admirable descripción en su "Libro de la
Orden de Caballería". Allí todo es símbolo. El baño
previo del nuevo Caballero es símbolo de purificación. El cinturón
blanco que se le ciñe representa la castidad. La espada que
empuñará es bendecida generalmente antes con palabras que recuerdan al
ordenado su deber de proteger a la justicia y a los débiles,
a las viudas y a los huérfanos. Se le fijan
las espuelas, símbolo tradicional del dominio que debe
ejercer sobre la bestia o sea su propia naturaleza inferior. Por último
recibe la acolada o suave bofetón símbolo de sufrimientos y
pruebas y el ósculo fraternal que lo liga a la Orden para
siempre. Previamente ha recibido el espaldarazo, toque con la
espada en los hombros y la coronilla y que constituye el
momento culminante de su ordenación, la que constituye en sí
la iniciación caballeresca llamada a menudo como hemos visto "recepción
de armas".
Es aquí
donde deben plantearse varias cuestiones de alto interés que intentaremos
contestar cumplidamente en lo que sigue. Aclaremos en
primer lugar, siguiendo de cerca a René Guénon, lo relativo a las
diferencias entre las iniciaciones caballeresca, sacerdotal y real.
En primer lugar ya hemos aclarado que la verdadera
ordenación como Caballero ni era sacramento ni bendición sacerdotal.
Era y es, insisto, una iniciación y el único facultado
para transmitirla era un Caballero ya iniciado antes,
continuando así el linaje como ya se ha subrayado. Que
esto fuera a veces practicado por un sacerdote era en sí incorrecto
y hacía que dicha iniciación se reduciera en tales casos a algo
puramente simbólico. Vale
la pena demostrar esto con apoyo de documentos conocidos. San
Bernardo de Clairvaux fue en su momento la figura cumbre de la
cristiandad y había recibido de los sacerdotes druidas en su
juventud una iniciación sacerdotal que transmitió a los
nueve Caballeros que con Hughes de Payens a la cabeza fundaron la
Orden del Temple. Es importante subrayar esto por cuanto esos Caballeros
ya lo eran cuando San Bernardo los inició. Sin embargo San
Bernardo no poseía al parecer iniciación caballeresca alguna.
Esto explica su conducta cuando se trató de hacer Caballero
a Enrique, hijo del conde de Champagne. San Bernardo le
escribe entonces a Manuel Conmeno, emperador griego que sí era
Caballero, diciéndole que le enviará a Enrique para que lo ordene
como tal. Si todo se hubiera reducido a una simple bendición sacerdotal o
bien si hubiera correspondido una iniciación sacerdotal San
Bernardo mismo hubiera podido sobradamente otorgarla. Vemos además que
René Guénon se equivoca en "Autorité Spirituelle et Pouvoir
Temporel" cuando sostiene que necesariamente los
sacerdotes iniciados debían conferir ambos tipos de iniciaciones lo
que, según Guénon, aseguraría la legitimidad efectiva de la
transmisión espiritual que ello supone. Solo puede transmitirse en rigor
lo que previamente se ha recibido.
Al llegar
a este punto es menester una aclaración obvia. Al
hablar de iniciación sacerdotal no nos referimos al sacerdocio de
ningún credo exotérico. Más propio sería hablar
en términos hinduístas trazando un paralelo con el Brahmin y
el Kshatriya, donde si se presenta algo que tiene carácter iniciático
y un paralelo evidente con lo que aquí nos ocupa. Hay una
diferencia esencial entre ambas castas, la de los Brahmines y la de
los Kshatriyas. El Brahmin pertenece a la casta más alta cuya
función y misión es puramente espiritual. El combate
cae fuera de sus deberes. El Kshatriya es el guerrero por
excelencia. Kshata significa dolor y Kshatriya es
quien libra combate para liberar a los seres del dolor. Vemos
pues que la Iniciación Caballeresca viene de antiguo y de lejos.
Sería muy interesante pero hasta hoy imposible establecer
con precisión como surge históricamente en Europa tal cosa.
Digamos pues
que la iniciación caballeresca está íntimamente emparentada
a la denominada iniciación real pues ambas están
estrechamente ligadas al poder temporal. En esto Guénon señala
con justeza que al estar este poder temporal sometido a todas las
contingencias de lo transitorio requiere que lo sacralize
un principio de orden superior. De esto proviene el "derecho
divino" tradicionalmente asignado a los reyes. Sin embargo
todo indica que ese principio de orden superior debe actuar en fase
y concordancia con el objetivo perseguido. Así la iniciación
real se compone de la sacerdotal y de la caballeresca y solo
puede transmitirlas quien las posea. Maurice Keen viene aquí
nuevamente en nuestra ayuda, aún con su perspectiva meramente
religiosa, al decir textualmente en su obra ya citada:
"La ceremonia de hacer un caballero parece, por lo tanto, tener
una relación muy próxima con el rito de la coronación".
Pero, bien
entendido, sería un error grosero suponer que este rito de coronación
constituyó siempre una iniciación efectiva dado que, en la enorme
mayoría de los casos, se redujo a algo de naturaleza meramente simbólica
y religiosa, una mera "exteriorización" de la iniciación
reservada a los reyes, como bien apunta Guénon.
A esta
altura podemos avanzar un paso más para efectuar las
necesarias aclaraciones sobre el concepto del "honor
compartido", mencionado por Keen y otros autores. Entender esto desde
el punto de vista religioso es simplemente imposible pero el
problema se resuelve por si solo desde una perspectiva iniciática.
Keen por supuesto se contenta con mencionar el tema en estos
términos: "recibir la caballería de manos de un señor
(y caballero) de privilegiado rango une al destinatario al honor y
dignidad del señor". Cesar Cantú, que dedicó muy
bello y extenso estudio al tema de la Caballería, recalca que
" para armar un Caballero era indispensable serlo, y el
iniciado quedaba ligado respecto del que le había
conferido la ordenación con un parentesco espiritual, de
tal manera que por nada y en ningún caso podía hacer
armas en contra suya" . En un cantar de gesta Renaud de Mantauban
exclama "No defenderé tierra alguna de Carlomagno" a
lo cual replica Ogier "No, pero recuerda que él te armó
caballero" recordando así a Renaud que jamás podría luchar en
contra de Carlomagno o de sus huestes.
Esto era el
"compartir el honor", lo que en lenguaje iniciático equivaldría
a elegir la filiación más honrosa y el Maestro más elevado
para recibir la propia iniciación. Así para dar un simil equivaldría
a preferir un Rimpoche a un simple Lama en el budismo tibetano o un
Parama Gurú a un Swami en el hinduismo.
La
mentalidad utilitaria y materialista del mundo moderno tiene enorme
dificultad en comprender el rol justiciero y heroico de la Caballería
Tradicional. El contemporáneo apenas puede comprender como el
Caballero se arriesga a ser herido o muerto por causas que no
son la suya o simplemente para demostrar su valor y mucho menos como
puede ser el paladín de una dama y jugarse la vida por ella sin aspirar
en lo más mínimo a sus favores carnales y, más aún, cuando
esta dama era generalmente la esposa de otro. El egoísmo
y degradación del ser humano de hoy constituyen ciertamente
un velo muy espeso que le impide toda comprensión en
el orden metafísico, el que pasa así completamente
desapercibido e ignorado. Desde el Renacimiento -como subraya Guénon-
la desacralización de la existencia humana ha sido tan pavorosa que
únicamente un advenimiento de orden divino podría restituir
nuestras vidas al punto justo. Para
comprender a la Caballería en profundidad con una óptica
tradicional y metafísica es menester tomar conocimiento de
lo dicho al respecto por el tan citado René Guénon y,
especialmente, por el esoterista italiano Barón Julius Evola.
Lamentablemente no se puede
aceptar en su totalidad lo que dicen uno y otro pero constituyen sus
escritos una orientación para buscar la verdad al respecto.
Evola parte del supuesto de que la acción en general y la
acción guerrera en particular pueden liberar al hombre de sus
condicionamientos al igual que la vía espiritual e incluso
conducirlo a estados superiores del ser. En su muy
discutible folleto "La doctrina aria del combate y la
victoria" retoma la doctrina de que el acto supremo del ser
humano y su sacrificio más excelso a Dios es morir con
la espada en la mano en el campo de batalla". De aquí a la antigua
creencia nórdica de que el héroe así muerto será
conducido al galope al Walhalla por las Walkirias hay menos que un
paso. Pero Evola no se detiene ahí tampoco en su embestida por
sacralizar la guerra y el combate. Todo en la vida debe centrarse en
la "pequeña guerra santa" y en la " gran guerra
santa" a la manera del Islam. La primera es la guerra y
el combate contra los enemigos exteriores, la segunda es la lucha
contra nuestros enemigos interiores. "Más exactamente,
esta última es la lucha del elemento sobrenatural que
llevamos en nosotros contra todo lo que es instintivo, ligado
a la pasión, caótico, ligado a las fuerzas de la
naturaleza"(sic). La vida terrestre es sacrificada en el
combate a la vida futura dando paso a un impulso que abre el camino
hacia un estado espiritual realmente suprapersonal que hace a los hombres
libres, inmortales, interiormente indestructibles logrando una síntesis
de los opuestos en cuanto unificación de los aspectos superiores e
inferiores de la naturaleza humana.
Hasta el más
audaz de los Kshatriyas tendrá que reconocer que Evola va demasiado lejos
pues este autor desemboca en la conclusión más o menos explícita
de que el guerrero es superior al Maestro espiritual. En una carta célebre
René Guénon lo coloca en su sitio, calificándolo de "Kshatriya
en rebeldía". Es lo que corresponde pues Evola
invierte el orden natural de las cosas. Pero
a su vez Guénon si bien pretende lo justo en cuanto a
la superioridad del Maestro sobre el guerrero no siempre
tiene en claro el sentido y lugar de cada cosa. Tanto el brahmin
como el kshatriya son indispensables tanto en el orden espiritual
como en el social y, lo que nunca se ha subrayado, existe en
esto una predestinación para cada ser en cuanto a
ocupar el orden que naturalmente le corresponde
en el desarrollo de la existencia temporal.
Para aclarar lo
anterior es menester antes precisar una noción fundamental y generalmente
muy mal comprendida que es la de Dharma. A esta
palabra la podríamos traducir brevemente como "deber"
o "ley moral" pero es mucho más que eso. En rigor es
el conjunto de " medios correctos y eficaces, necesarios y
trascendentes para alcanzar el bien y evitar el mal". Es obvio
que el Dharma del brahmin es muy distinto del que corresponde
a un kshatriya. Y la vida enseña que si uno de ellos intenta seguir
el Dharma del otro cae en el adharma, que es el error, el
desvío respecto de lo correcto tanto en lo espiritual como en lo ético. No
obstante Evola volvió a la carga en sus escritos, especialmente
en cinco breves ensayos reunidos con el título de uno de
ellos "Metafísica de la Guerra". Allí insiste con el
culto del héroe que "muerto gana el cielo y vencedor conquista la
tierra". Creo que Evola nunca comprendió el real valor de la
Caballería tradicional como abnegación y servicio con olvido de sí
mismo y de la propia vida. Esto unido a la búsqueda del
Santo Grial es lo esencial de la genuina Caballería
Espiritual. Es por ello que está reservada a hombres y mujeres
dignos y elevados, dado que no debemos olvidar que desde comienzos
de la Edad Media existieron Caballeras, aún cuando hoy, al iniciarlas se
les dá el título de Damas con mayúscula. Incluso
existieron Ordenes de Caballería para las Damas, como ser la
Orden de las Caballeras del Hacha, en Tortosa, quienes llevaban
como emblema un hacha roja sobre el pecho. Ellas impidieron
heroicamente en 1149 que los moros tomaran su ciudad. Otra Orden
femenina fue la de las Caballeras de la Cordelière, quienes usaban
como distintivo un cordón de siete nudos. Para
comprender la Caballería, pido a todas las Damas y Caballeros que
analicen el siguiente texto que debería de ser a partir de ahora, libro
de cabecera y de meditación
para todos los miembros de la Orden, y aplicar estos principios de siempre
a los tiempos que nos han tocado vivir. LIBRO
DE LA ORDEN DE CABALLERÍA – RAMÓN LUILO - ESTE ARCHIVO SE ENCUENTRA COMPRIMIDO EN FORMATO .ZIP PARA
SU LECTURA ESTA EN FORMATO PDF - El Príncipe de Champdor Gran Maestre de la Orden Bonaria. |
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