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Así resulta que para remediar tales males es necesario correr hacia los bienes. Y esto supone recentrarse en los sublimes postulados que demasiados “Caballeros” de hoy ignoran supinamente.
Este espíritu implica y exige de manera terminante y taxativa estar del lado del débil, del desprotegido y necesitado de ayuda, de las minorías desposeídas o en peligro, en suma del lado de los débiles.
Es compasión, tolerancia y caridad las que mueven al Caballero e impulsan su valor para eliminar al dolor y procurar el bien común. No olvidemos además que la verdadera Libertad nace precisamente del Principio de Tolerancia. Este, en suma, nos enseña que debe uno tomarse el trabajo de amar al prójimo, de comprender a los otros y de respetarlos, poniendo en un pie de igualdad a todos los seres humanos en cuanto a su esencia sagrada y sus derechos. Si esto no se da en forma sincera y genuina en los hechos, la Libertad pronto sucumbe tras reducirse primero a meras expresiones declamatorias sin contenido real.
Y la Caballería digna de ese nombre no puede existir en tales condiciones.
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